Venir a parar a un ataúd de nuevo por culpa de una mujer bruta y ella en el de al lado que no deja de gritar…. ¡Habráse visto! Y es que mi madre me dijo que tenga cuidado, que no es cuestión de escoger a cualquiera y tirarse al negocio, pero estaba tan pero tan desesperado, que hasta esa idiota me pareció perfecta para el trabajo. Ay, esto realmente no es cómodo…. Si por lo menos fuera acolchonadito como en el que pasé la frontera. Debo reconocerlo, esos coyoteros te sacan un ojo de la cara pero cumplen: Total confort en su paso, o le devolvemos el dinero, ni siquiera sentirá las vías inconclusas del ferrocarril cuando lleguemos a Alausí. En cambio estos ni cuidado han tenido con uno. Supongo que esa es la diferencia entre que te obliguen a hacerte el muerto y hacerse el muerto por decisión propia. Estos longos con odio me regresan para mi tierra, entre menos cómodo esté mejor para ellos. Esto de meternos de nuevo en ataúdes ha de ser cuestión de venganza no más: de seguro están cabreados porque logré pasar la frontera así la primera vez sin que se dieran cuenta ¡y sí que pasé! Dos años en la sierra viviendo de lo lindo antes de que la Andrea metiera la pata, je, hasta ya hablo como ellos… “la Andrea”, que mona tan descuidada: venir a pedir llapingachos y reclamar porque no tiene huevo, ni chorizo, ni arroz… fue casi casi como entregarles nuestras cédulas originales. Y ya teníamos la casita, el negocio bien montado, ya hasta habían dejado de investigarnos, ya estábamos esperando… ¿Qué dirá mi madre? Tanto que le costó fingir mi muerte, y ahora le toca verme ir a cana. Ni modo, no podemos ir a parar a otro lugar. Ni bien lleguemos a las plantaciones de banano nos han de sacar, y ahí si que no hay quien nos salve. Tal vez logremos llegar hasta la ciudad, y como tenemos el dinero de reserva podemos comprar nuevas identidades, empezar de nuevo. Pero esta vez separados, yo no quiero nada que ver con esa mujer, no me importa que esté embarazada, que tenga el hijo y lo veré cuando pueda. Ni las pastillas podía tomarse bien la Andrea. ¡Qué mal que huele esta caja! ¿Cuántos han de haberse acostado aquí? ¿Y a esos por qué los habrán descubierto? De seguro no por pedir llapingachos con chorizo. No. Típico dejaron escaparse alguna anécdota costeña entre copas, o tal vez cometieron la estupidez de dejar que alguna longa los vea desnudos con la luz prendida: el bicolor característico de la playa en las piernas no lo quita nadie, sin importar cuantos años hayas pasado sin asolearte eso no se va. Otro más que viene a pagar platos rotos por una mujer. Pero bueno, por lo menos fue por una de allá, una enemiga. Ya han de estar los vecinos chismeándole a todos… eran monos ¿sabían? Si, los de la tienda de aquisito no más, yo los veía muy de acá, aunque yo si decía, el trasero de esa no era serrano. El pulgoso ha de estar ladrando no más, esperando su lechecita de todas las mañanas y se quedará esperando porque lo seguro es que ahora le toca hacerse runa no más, nadie lo ha de querer porque es perro de mono. Nos iba tan bien. Mi madre me va a matar cuando le diga que está embarazada, hasta me ha de obligar a que me case con ella ¡de nuevo! Tal vez no la metan a la cárcel sabiendo de su estado, tal vez logre que nos saquen a los dos, después de todo su tío es muy poderoso ahí en el cuartel. Sí, sí… mejor mantener la fiesta en paz con ella, mejor decirle que todo está perdonado para que nos saque del lío en que nos metió. Andrea… Andrea, escúchame. Sé que las cosas se salieron un poco de control en la casa. No quise lastimarte, se me fue la mano, es que no podía creer lo que acababa de pasar…tú sabes que yo no soy así normalmente, hasta sabes que te quiero…Andrea, ¿me escuchas? …¡responde carajo, no me dejes hablando como idiota! No contesta, sigue enfadada por el moretón. Resentida. Claro, yo me tengo que aguantar que ella haga la cagada y ella no puede perdonar ni un pequeño golpe. No la escucho. Hace un rato estaba gritando, tal vez le pasó algo al bebé… ¡Andrea, contesta! Nada. Ya huele húmedo, estoy sudando por todas partes. ¿Estará sangrando? ¿Estará desmayada? No tiene sus píldoras… ¡se me cocina el trasero en esta cosa! Ey…estamos parando. Esos son los pasos de los pacos. Están abriendo el ataúd. Algo dicen… Dejémosla aquí no más por traidora, hasta parece longa, igual nadie la va a reclamar. ¿Y él? Que la acompañe, para algo es el macho. Los fronterizos los han de coger en un par de horas, ellos verán si los meten a cana o les meten balazo. ¡Tú, toma a tu mujer y camina!... El piso está hirviendo. Nadie pasa por aquí. Debería ir a buscar comida, la dejo escondida para que no me la picoteen. Andrea no se va a ir a ninguna parte. Debería cambiarme de ropa, preferible que crean que soy un borracho desnudo e indocumentado que un mono traidor. ¿Y el dinero? Bien agarrado en la mano, eso no se deja botado ni aunque se esté en las últimas. ¡Cúbrase! ¿No le da vergüenza? Claro señora, pero no tengo con qué…no sé donde dejé mi ropa. Póngase esto y siéntese. ¿Qué quiere comer? Déme un llapingacho. lunes, 20 de julio de 2009
la frontera
Venir a parar a un ataúd de nuevo por culpa de una mujer bruta y ella en el de al lado que no deja de gritar…. ¡Habráse visto! Y es que mi madre me dijo que tenga cuidado, que no es cuestión de escoger a cualquiera y tirarse al negocio, pero estaba tan pero tan desesperado, que hasta esa idiota me pareció perfecta para el trabajo. Ay, esto realmente no es cómodo…. Si por lo menos fuera acolchonadito como en el que pasé la frontera. Debo reconocerlo, esos coyoteros te sacan un ojo de la cara pero cumplen: Total confort en su paso, o le devolvemos el dinero, ni siquiera sentirá las vías inconclusas del ferrocarril cuando lleguemos a Alausí. En cambio estos ni cuidado han tenido con uno. Supongo que esa es la diferencia entre que te obliguen a hacerte el muerto y hacerse el muerto por decisión propia. Estos longos con odio me regresan para mi tierra, entre menos cómodo esté mejor para ellos. Esto de meternos de nuevo en ataúdes ha de ser cuestión de venganza no más: de seguro están cabreados porque logré pasar la frontera así la primera vez sin que se dieran cuenta ¡y sí que pasé! Dos años en la sierra viviendo de lo lindo antes de que la Andrea metiera la pata, je, hasta ya hablo como ellos… “la Andrea”, que mona tan descuidada: venir a pedir llapingachos y reclamar porque no tiene huevo, ni chorizo, ni arroz… fue casi casi como entregarles nuestras cédulas originales. Y ya teníamos la casita, el negocio bien montado, ya hasta habían dejado de investigarnos, ya estábamos esperando… ¿Qué dirá mi madre? Tanto que le costó fingir mi muerte, y ahora le toca verme ir a cana. Ni modo, no podemos ir a parar a otro lugar. Ni bien lleguemos a las plantaciones de banano nos han de sacar, y ahí si que no hay quien nos salve. Tal vez logremos llegar hasta la ciudad, y como tenemos el dinero de reserva podemos comprar nuevas identidades, empezar de nuevo. Pero esta vez separados, yo no quiero nada que ver con esa mujer, no me importa que esté embarazada, que tenga el hijo y lo veré cuando pueda. Ni las pastillas podía tomarse bien la Andrea. ¡Qué mal que huele esta caja! ¿Cuántos han de haberse acostado aquí? ¿Y a esos por qué los habrán descubierto? De seguro no por pedir llapingachos con chorizo. No. Típico dejaron escaparse alguna anécdota costeña entre copas, o tal vez cometieron la estupidez de dejar que alguna longa los vea desnudos con la luz prendida: el bicolor característico de la playa en las piernas no lo quita nadie, sin importar cuantos años hayas pasado sin asolearte eso no se va. Otro más que viene a pagar platos rotos por una mujer. Pero bueno, por lo menos fue por una de allá, una enemiga. Ya han de estar los vecinos chismeándole a todos… eran monos ¿sabían? Si, los de la tienda de aquisito no más, yo los veía muy de acá, aunque yo si decía, el trasero de esa no era serrano. El pulgoso ha de estar ladrando no más, esperando su lechecita de todas las mañanas y se quedará esperando porque lo seguro es que ahora le toca hacerse runa no más, nadie lo ha de querer porque es perro de mono. Nos iba tan bien. Mi madre me va a matar cuando le diga que está embarazada, hasta me ha de obligar a que me case con ella ¡de nuevo! Tal vez no la metan a la cárcel sabiendo de su estado, tal vez logre que nos saquen a los dos, después de todo su tío es muy poderoso ahí en el cuartel. Sí, sí… mejor mantener la fiesta en paz con ella, mejor decirle que todo está perdonado para que nos saque del lío en que nos metió. Andrea… Andrea, escúchame. Sé que las cosas se salieron un poco de control en la casa. No quise lastimarte, se me fue la mano, es que no podía creer lo que acababa de pasar…tú sabes que yo no soy así normalmente, hasta sabes que te quiero…Andrea, ¿me escuchas? …¡responde carajo, no me dejes hablando como idiota! No contesta, sigue enfadada por el moretón. Resentida. Claro, yo me tengo que aguantar que ella haga la cagada y ella no puede perdonar ni un pequeño golpe. No la escucho. Hace un rato estaba gritando, tal vez le pasó algo al bebé… ¡Andrea, contesta! Nada. Ya huele húmedo, estoy sudando por todas partes. ¿Estará sangrando? ¿Estará desmayada? No tiene sus píldoras… ¡se me cocina el trasero en esta cosa! Ey…estamos parando. Esos son los pasos de los pacos. Están abriendo el ataúd. Algo dicen… Dejémosla aquí no más por traidora, hasta parece longa, igual nadie la va a reclamar. ¿Y él? Que la acompañe, para algo es el macho. Los fronterizos los han de coger en un par de horas, ellos verán si los meten a cana o les meten balazo. ¡Tú, toma a tu mujer y camina!... El piso está hirviendo. Nadie pasa por aquí. Debería ir a buscar comida, la dejo escondida para que no me la picoteen. Andrea no se va a ir a ninguna parte. Debería cambiarme de ropa, preferible que crean que soy un borracho desnudo e indocumentado que un mono traidor. ¿Y el dinero? Bien agarrado en la mano, eso no se deja botado ni aunque se esté en las últimas. ¡Cúbrase! ¿No le da vergüenza? Claro señora, pero no tengo con qué…no sé donde dejé mi ropa. Póngase esto y siéntese. ¿Qué quiere comer? Déme un llapingacho. sábado, 20 de junio de 2009
Informe semanal
Rutinaria hasta en los ojos,
apellido como nombre,
sólo un traje,
un escritorio,
otro número, tic-tac.
Sumergida en la corriente,
sólo siendo no se vive,
Ya no miras,
Ya no sientes,
No hay tiempo para amar.
apellido como nombre,
sólo un traje,
un escritorio,
otro número, tic-tac.
Sumergida en la corriente,
sólo siendo no se vive,
Ya no miras,
Ya no sientes,
No hay tiempo para amar.
domingo, 14 de junio de 2009
L-30, castaño claro

Era la quinta vez en ese año que entraba a la peluquería y, con una sonrisa cándida, dejaba su vida en las manos de la experta en tintes. Por lo menos así lo veía ella. Ya tenía meses con el último corte y color y no se sentía a gusto: se veía al espejo y por alguna razón no era el correcto, no hacía que su cara se viese simétrica ni tampoco lograba achicar un poco su nariz. Su vida, debido a su cabello, no era lo que esperaba. Cuando los clientes entraban en su despacho no se fijaban en su atuendo perfecto, en los varios títulos que colgaban de su pared o en el cabal orden de su oficina; al parecer lo único que la gente veía cuando acudía a verla era su nariz ganchuda y los mechones rubios de su cabello castaño.
— Creo que se le ve muy falso —escuchó susurrar a la tendera esa mañana luego de comprar panes.
— Creo que se le ve muy falso —escuchó susurrar a la tendera esa mañana luego de comprar panes.
Justina llegó a su casa y trató en vano de leer el periódico mientras desayunaba. Yoko Ono revive en ´Antón´ los recuerdos sobre su madre: La artista se adentra a sus 76 años… ¿Realmente se le veía tan mal el color?...en los recuerdos de un hombre imaginario sobre su madre… A su vecino le había gustado, había dicho que se la veía fresca, real…para crear La memoria de Antón, una instalación artística… Pero Gisela la había visto raro cuándo entró al restaurante semanas atrás, había arrugado la nariz cuando le dijo que los mechones eran un acierto; igual que arrugó la nariz la vez que le prometió que nunca había salido con Rafael aunque Justina la había visto con él la noche anterior… que desde el jueves pasado se exhibe en Venecia, la misma ciudad que este sábado le entregará el León de Oro a toda una carrera….
— Mamá… Sí, todo está bien… No, no he hablado con él. Má… estoy medio apurada, sólo necesito que me digas algo… ¿Te gusta mi pelo?
Antes se te veía más natural… Estacionó el carro y, olvidándose de subir el freno de mano, guardar los CDs ordenadamente o apagar las luces frontales, caminó picoteando el suelo rápidamente hacia la peluquería…Antes se te veía más natural. Cogió el catálogo y buscó entre las diferentes caras sonrientes. Rubia: muy estereotipado; pelirroja: pensarán que es una mujer fácil; castaña: tres en la oficina eran castañas…. ¿El negro no se vería muy oscuro en ella?
— El negro te quedará perfecto.
— Eso es lo que dijiste del castaño y rubio.
— Bueno, sigo pensando que se te ve muy bien —dijo la peluquera mientras alistaba las cremas y los guantes.
— No quiero verme bien, quiero verme confiable…. perfecta.
Mientras Justina buscaba su agenda en la cartera, los ojos de la asistente se encontraron furtivamente con los de la peluquera. Fue un pequeño segundo en el cual parecían incapaces de comprender cómo alguien podía ser tan ignorante para pensar que de un tubo de tinte L-45 podía salir algo tan complejo como la confianza. Pronto, el suelo se llenó de cabellos ondulados, rubios, castaños, claros y oscuros: ¡cuántas veces había cambiado para tratar de encontrarse y todavía no le acertaba! No se trataba solamente de su trabajo sino de sus relaciones también. La última pelea todavía hacía eco en su mente:
Mientras Justina buscaba su agenda en la cartera, los ojos de la asistente se encontraron furtivamente con los de la peluquera. Fue un pequeño segundo en el cual parecían incapaces de comprender cómo alguien podía ser tan ignorante para pensar que de un tubo de tinte L-45 podía salir algo tan complejo como la confianza. Pronto, el suelo se llenó de cabellos ondulados, rubios, castaños, claros y oscuros: ¡cuántas veces había cambiado para tratar de encontrarse y todavía no le acertaba! No se trataba solamente de su trabajo sino de sus relaciones también. La última pelea todavía hacía eco en su mente:
— ¡El problema es que no entiendes que necesito que decidas ahora!
— ¿No puedes esperarte ni un ratito? Necesito pensar en esto, Rafa…
— No hay nada que pensar: o quieres o no quieres. Es así de fácil.
— Tal vez para ti, pero yo necesito un poco más de tiempo… Necesito sentarme tranquila y revisar mi agenda y ver si puedo o no… y en el caso de que pueda, pensar si es realmente lo que más nos conviene.
— Odio esto de ti… odio cuando actúas fría y racional. Por una vez deja de pensar y sólo hazlo.
— Si tanto lo odias, vete.
Y salió sin decir otra palabra. Él simplemente no la entendía. No sabía que aunque lo amaba no podía dejar todo de un momento para otro y salir en el próximo avión con él, sin importar que tan romántico fuera la idea. Ella no podía dejar que un momento de descontrol la hiciera perder lo que tanto le había costado obtener: la gente empezaba a ir a su despacho más que al de su vecino y a darse cuenta que era buena en su trabajo, que era dulce, bondadosa y justa. Cogía casos que nadie más tocaba porque sabía que lograría encontrarle solución, igual que le había encontrado solución a los problemas de su hermana cuando quería divorciarse, igual que lo había logrado cuando parecía que el jefe de producción no aceptaría indemnizar a los empleados por horas extra. Era insistente hasta el punto de ser terca. Su familia solía decir que nadie le podía doblar el brazo porque no estaba hecho de huesos, sino de hierro puro. Metálica.
Había cambiado un poco por Rafa. Cuando estaba con él llevaba el pelo largo y achocolatado, trataba de no alterarse cuando él dejaba la cocina hecha un desastre por cocinarle una cena, sonreía mucho y pasaba largas horas escuchando música con él, leyendo y pintando. Ahora, los pinceles eran nidos de polvo y los oleos masas inútiles de colores. Los del trabajo se dieron cuenta inmediatamente de que algo había pasado: el nuevo estilo rubio y castaño en un moño apretado, los zapatos pulidos obsesivamente y el regreso a los tonos de gris eran señales inequívocas. Dejó de coger los casos difíciles, sintiendo que no podría con tales escenarios, excusándose y mandándolos donde algún otro abogado. Su oído se afiló y su cabeza se llenó de comentarios sobre ella, sobre lo tonta que había sido, lo mal que estaba ahora, lo mucho que necesitaba de Rafa. Luego Gisella arrugó la nariz y supo que lo había perdido definitivamente. Llegó a su casa y abrió la nevera, sacó el vodka y se bebió la noche escuchando los CDs que él dejó — típicamente descuidado— en uno de los cajones de la sala. Al día siguiente se bañó y, tras un desayuno saludable llegó a la oficina: impecable.
— ¿Realmente crees que el negro se me verá bien?
— No puedo decidir por ti.
— Sólo te estoy pidiendo una opinión.
La peluquera, a punto de pasar la brocha sobre el pelo de Justina, la miró detenidamente, se volteó y botó el tinto por el drenaje. Susurrando desapareció tras una pared para regresar segundos después con otros tintes en la mano. Justina torció el cuello para verlos de cerca, pero la peluquera le dijo:
— Si quieres mi ayuda sólo siéntate y déjame hacer mi trabajo. Estos son los colores que te quedan bien. Elige.
— Señora, usted cree que… —comenzó a preguntarle a la mujer que estaba sentada a su lado.
— Justina, elige tú. Sin preguntarle a nadie.
Apretó los labios y con una última mirada desafiante a la peluquera, tornó su atención a las cajas frente a ella. L-30, castaño claro fue la opción que luego de largos debates internos eligió. La brocha cubrió su cabello.
— Pensé que no querías verme —dijo Rafael cuando una hora más tarde se sentó frente a él en la cafetería sin siquiera pedir permiso.
— Vámonos de viaje.
— ¿Sin cuadros de comparaciones o anotarlo en tu agenda?
Lo besó y salió caminando lentamente, dejándole en la mesa un ticket y las llaves del departamento. Justina en un arranque de pasión¸ pensó Rafael incrédulamente. Pero no era nada parecido a eso. Ella lo esperaba pacientemente sentada en su sofá, pensando que si tenerlo a su lado significaba ser un poco más flexible, lo sería. Él, junto a su nuevo color de cabello, eran las únicas dos elecciones que había tomado por si misma desde hace algún tiempo, y se sentían bien. Tal vez como personas sean totalmente diferentes pero, después de todo, su mundo monocromático necesitaba los pincelazos de rojo, azul y verde que era Rafael para tener el equilibrio que en el vaivén del qué dirán había perdido.
domingo, 31 de mayo de 2009
En el bus
Era el 15 de abril. Todavía usaba los lentes cuadrados cuando entraste con tu uniforme y me pareciste mínima: tus medias largas se extendían por debajo de una rodilla arañada por el cemento. Diciendo "lo siento" quitaste mi portafolios del asiento que estaba a mi lado, te sentaste y subiste tu pierna sobre tu muslo, soplaste lentamente en la herida y tu falda resbaló un poco. Ese día supe por qué el doble Humbert no tuvo perdón de Dios. Cuando terminaste, leiste mi placa y salió de tu boca un “Hasta mañana Raúl”. Bajaste en Hurtado y José Mascote, el viento revolviendo tus pulseras.
La siguiente semana subiste con amigas. Te sentaste junto a mí y sólo me mostraste tus hombros tersos salpicados de pecas. Tus palabras llenaban el caluroso día mientras tus manos jugueteaban con esos largos churros, desprendiendo un sabor a vainilla. Supe que te gustan los caballos y sentir la arena entre tus dedos, que ya no estabas con ese chico del viernes porque te parecía aburrido. Una de ellas te dio un consejo sobre relaciones, nunca más las volví a ver subirse contigo.
No recuerdo cuando te acercaste de nuevo, pero sé que me sentía desfallecer: tres latidos por segundo, siete gotas por minuto. Me miraste sin pestañear, tomando toda mi alma en esos ojos destellantes. Te dije que si, y nos bajamos en la siguiente calle. Tu mochila se quedó en el bus, tus moños en el cuarto 15, y tus medias me las quedé yo.
Me ignoraste las siguientes semanas, hasta que tu zapatito levantó mi basta y calentó mi piel. “Vámonos, será solo un ratito,” susurraste. “Tengo trabajo,” contesté. “Prometo no ignorarte después,” y como te vi tan suave y risueña, como una tarde de lluvia, bajé contigo.
Un flaco y lampiño joven te acompañó los dos días siguientes. Reías un poco más alto porque sabías que te escuchaba, movías las manos por todos lados para que no pudiera ignorar tu olor. Y yo, sentado donde siempre, esperando que cumplieras tu promesa y dejándome llevar por el odio, tinta negra que sofoca al corazón ingenuo, corazón idiota. Y tú, tan hermosa y despreocupada, jugando con tu soldado de carne y hueso como si fuera de hojalata. Decidí bajarme antes de cometer una locura y prometí no subir de nuevo hasta haberme purgado de ti.
Aprendí una nueva ruta para no toparme contigo y aunque a veces lograba ver tu tobillo subiendo a lo lejos, me mantenía a una distancia considerable, para que tus rizos no me atrapen. Llegué tarde al trabajo semanas seguidas, me despidieron. Invertí mi dinero en apuestas, pero tu falda nublaba mi juicio, y no gané nunca. Verte me alteraba, no verte me mataba.
Rendido, me senté a tu lado de nuevo. “¿Por qué tan desaparecido?”, “estaba ocupado,” contesté. “¿Lograste olvidarme?”…el silencio te dijo que no. “Vámonos,” me levanté y obedecí. Mi bolsillo rotó me había enseñado que era mejor estar contigo que sin ti.
Sentado a tu lado y obedeciendo, mayo, junio, julio…. Cuatro meses así.
Dejo caer mi libro por el sueño. El asiento a mi lado está vacío. Nabokov me sonríe cuando lo recojo y le doy unas palmaditas, elevando tierra de sus últimas páginas.
domingo, 24 de mayo de 2009
Un rayo en la oscuridad
Soy, debido a mi naturaleza, un mentiroso empedernido. ¿Quién más puede mantener sentados a cientos de personas durante horas para entretenerlos? Me gusta mentirle a la gente, hacerlos creer que lo que les doy es real solo porque lo parece. Pagan por estar frente a mí, por tener un lugar al cual escapar. Y yo se los doy de muy buen agrado. Claro, casi nunca vienen solos y casi siempre están comiendo, pero eso no es lo importante, el punto aquí es que vienen. Ellos se sientan ahí y se preguntan por qué me demoro tanto. Escucho sus corazones esperando, saben que en cualquier momento la oscuridad los rodeará y les mostraré la historia que han esperado conocer. No siempre tengo grandes cosas que mostrar, pero igual lo hago. A veces me atoro, ¡si los escucharan reclamarme renunciarían de seguro! Pero vale la pena: las risas que hacen temblar las paredes, los gritos repentinos y ojos apretados, el “ouhh” que se apodera de las gargantas de las mujeres (y algunos hombres) cuando sucede algo dulce.
Últimamente han estado hablando de reemplazarme. Dicen que hay otro como yo que no necesita tanto rollo y no tiene dos grandes ruedas que se pueden atorar; que él no requiere de constante vigilancia (como si yo no fuera de confiar) y que cuenta las cosas mejor que yo, más nítido dicen. Soy un clásico en esta industria. Han dicho que me mandarán a un museo. Prefiero que me compre una familia adinerada: así por lo menos podré seguir contando historias, aunque no sea a tanta gente.
domingo, 17 de mayo de 2009
Yo recuerdo

El almacén era nuestro pequeño laberinto para jugar. Sus altas repisas llenas de repuestos aceitosos se doblaban inesperadamente, creando escondites, tanto para tesoros de niñez como para personas. La luz se filtraba entre las cajas y el sonido de metal moviéndose llenaba nuestra imaginación con escenas terroríficas que nos obligaban a subir las escaleras tan rápido como nuestras pequeñas piernas podían llevarnos. Un pie afuera y el mundo era distinto. La transitada calle tenía pequeños charcos donde el sol resplandecía luego de la noche lluviosa. En la esquina, la loma que subía indefinidamente, y en la cima, la tienda de chocolates.
Ese era nuestro objetivo ese día: el mostrador era un mosaico de brillantes envolturas, detrás de él, dos grandes refrigeradoras donde guardaban los helados caseros, y a la entrada los jarrones de dulces ecuatorianos. Ya en el paraíso compramos 3 kinder sorpresa e hicimos una apuesta interesante: uno para ti, otro para mí y el tercero para quien llegue primero al sótano del almacén. El viento helado de Quito se coló dentro de mi chompa mientras mis pies aplastaban el asfalto mojado, creando pequeños maremotos en los charcos, ahogando a la población de hormigas que vacacionaba cerca de ellos. El aire entraba con dificultad a mi corazón, sentía una mano estrangulándome, tapándome la nariz, pero yo seguía corriendo.
El zumbar del viento tapó el feróz rugido de los carros cuando tuvieron que frenar en seco debido al descaro de dos niños que corrían sin precaución cuesta abajo. Llegamos al mismo tiempo, pero él bajó más rápido y, tocando el ampaí del sótano, proclamó su premio. La envoltura se sentía áspera, pero pronto el aluminió dió paso al olor del chocolate bicolor y, jadeando todavía, lo puse en mi boca mientras admiraba el huevito anaranjado que en la noche abriría.
Así es como recuerdo la vez que corrí por un kinder sorpresa, y perdí.
Ese era nuestro objetivo ese día: el mostrador era un mosaico de brillantes envolturas, detrás de él, dos grandes refrigeradoras donde guardaban los helados caseros, y a la entrada los jarrones de dulces ecuatorianos. Ya en el paraíso compramos 3 kinder sorpresa e hicimos una apuesta interesante: uno para ti, otro para mí y el tercero para quien llegue primero al sótano del almacén. El viento helado de Quito se coló dentro de mi chompa mientras mis pies aplastaban el asfalto mojado, creando pequeños maremotos en los charcos, ahogando a la población de hormigas que vacacionaba cerca de ellos. El aire entraba con dificultad a mi corazón, sentía una mano estrangulándome, tapándome la nariz, pero yo seguía corriendo.
El zumbar del viento tapó el feróz rugido de los carros cuando tuvieron que frenar en seco debido al descaro de dos niños que corrían sin precaución cuesta abajo. Llegamos al mismo tiempo, pero él bajó más rápido y, tocando el ampaí del sótano, proclamó su premio. La envoltura se sentía áspera, pero pronto el aluminió dió paso al olor del chocolate bicolor y, jadeando todavía, lo puse en mi boca mientras admiraba el huevito anaranjado que en la noche abriría.
Así es como recuerdo la vez que corrí por un kinder sorpresa, y perdí.
domingo, 10 de mayo de 2009
El día 12
Los días que pasó con sus primos ese verano, se dedicó a fastidiarlos. Después de todo, Luis y Gustavo habían dedicado sus 12 años de existencia a molestarla y ya estaba en edad para entender que la venganza es una palabra dulce, si se sabe como pronunciarla. El día que llegó a la casa de su tía, sacó el polvo pica-pica y lo untó en sus almohadas: esa noche sus camas no escucharon los habituales ronquidos de los jóvenes, y lo mejor de todo fue que los ojos azules y grandes de la chica la salvaron de ser descubierta, pues solo bastaba con una mirada tierna y pestañeo y nadie sospechaba de ella.
Así fue como logró cobrar su venganza sin ser reprimida: les escondía los deberes y veía como los retaban; cambiaba la sal por el azúcar y disfrutaba cómo se retorcían al darse cuenta que el huevo frito sabía raro; rompía sus bolsillos y los escuchaba quejarse al regresar a casa de haber perdido el dinero del almuerzo y tener mucha hambre… Fueron los once días más felices de su vida, hasta que llegó el doce.
La chica se puso su chompa, un inusual bordado de azul, verde, roja y amarillo, pues el frío de las montañas no era algo a lo que estaba habituada, siendo una chica de ciudad, y sabía que ese día saldrían al lago a pescar. Este era el día en que su mayor venganza tomaría lugar, pues en ese mismo lago fue donde años atrás la habían arrojado sus primos para luego dejarla caminar mojada hasta la casa, lo que resultó en una gripe que afectó a la familia por semanas. Si bien no planeaba dejarlos mojados ni afectarlos físicamente, por lo menos los desgastaría psicológicamente.
Desde que iniciaron la travesía hasta el fin de esta, ella no se cansó de repetir lo que sus primos decían, irritándolos porque no podían tener una conversación normal y porque, a pesar de sus mejores esfuerzos, no lograban callarla. Trataron decir “Soy tonta”, y ella sólo lo repetía; pensaron en vendarle la boca, pero no tenían con qué; consideraron pellizcarla para que gritase en vez de hablar, pero ella insistió. Las horas pasaban y ella repetía y repetía, sin tomar en cuenta las advertencias de su tía. Y tal vez fue porque siendo de la ciudad no se podía fiar en conocimientos ancestrales o supersticiones de campo, o tal vez porque realmente quería sacar a sus primos de quicio, pero ella no se detuvo ante nada: la bruja del bosque podía escucharla siendo fastidiosa todo lo que quiera, porque ella no iba a parar.
Luego de sacar algunas truchas del lago y de tener a la familia al borde de un colapso nervioso, el sol comenzó a ocultarse y el viento a revivir a los hojas. Empacaron todo y caminaron hacia casa, escuchandola imitar cada palabra que salía de sus bocas. La opción de caminar en silencio era lo más sensato, pero era algo imposible para una familia así, pues todavía mantenían ese miedo al silencio que podía significar ruptura familiar, todavía sentían que un momento de silencio era equivalente a incomodidad. Al llegar al borde del bosque la familia entró mientras ella disfrutaba de su triunfo. Pero una ráfaga de viento vino a entrecortar su risa, y con ella la tierra se levantó. Todo lo que pudo ver la chica fue una sombra negra que invadía el crepúsculo.

Al salir la familia en su búsqueda y gritar “Lora” hasta quedar sin aliento, lo único que salió a su encuentro fue un ave, que, como ella, repetía todo lo que se le decía en un hermoso plumaje de azul, verde, rojo y amarillo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

